Resulta obvio que siento una y profunda admiración por J.R.R. Tolkien; una admiración que sin duda muchos compartimos, pero es también necesario recalcar a la otra persona meritoria de una admiración considerable: su hijo, Christopher, una pieza crucial para todos aquellos que nos decimos fans del trabajo del profesor.

Christopher fue el tercer hijo del profesor, nacido el 21 de noviembre de 1924. Según la biografía de Humphrey Carpenter, después de dos varones, John deseaba tener una niña. Su desencanto duro poco, ya que tiempo después escribiría en su diario personal: “No podría vivir sin lo que Dios me ha enviado”. Lo nombró “Christopher Reuel”, en honor a Christopher Wiseman, el único de sus amigos de la infancia que había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial. El joven Christopher se convirtió en el oyente habitual de las historias de su padre; recipiente de historias épicas sobre Elfos, Hombres y los Poderes tanto del Bien como del Mal. Sin duda Tolkien amaba a todos sus hijos por igual, pero sentía una particular afinidad por Christopher, escribiendo “(se ha convertido) en una persona nerviosa, irritable, atormentada, difícil, descarada en ocasiones. Sin embargo hay en él algo intensamente querible, al menos para mí, por lo mucho que se me parece

Christopher pasó unos momentos difíciles cuando a los 14 años se le diagnosticó un problema en el corazón, al que Tolkien hizo alusión en una de sus cartas, que lo convirtió en un “total invalido” por un tiempo, algo que hizo que el profesor dejara su obra literaria para cuidar de él. Ya que estamos hablando de una persona que al momento de escribir esto está a punto de cumplir los 94 años, podemos decir que Christopher se recuperó de su aflicción completamente, y pudo seguir los pasos de su hermano mayor Michael, primero en el prestigioso Trinity College en Oxford y después como parte de las fuerza armadas de Inglaterra, sirviendo incluso en la Fuerza Area Real como piloto – algo que su padre desaprobaba con vehemencia ya que consideraba la guerra área “inmoral.

Durante todo este tiempo siempre estuvo en contacto con su padre, sirviendo de escucha, lector y consejero para sus historias. Con él hablaba de personajes, historia, ideas y lo ayuda a moldear y realizar la historia de Arda.

Dado todo esto, era obvio que Tolkien expresara el deseo que Christopher fuera el encargado de encontrar una manera de publicar aquello que el profesor nunca pudo publicar en su vida, lo cual se limitó a dos libros: The Hobbit y The Lord of the Rings.

Imaginen la pobreza de un mundo que se hubiera mantenido así. De Fëanor se nos habla en The Lord of the Rings, como el creador de las palantiri y, en los apéndices, de las silmarills y de que partió en persecución de Morgoth. Nada se nos dice de su Juramento ni de la pronunciación de Mandos (ni siquiera se menciona a Mandos en todo el texto), de la traición y asesinato de sus hermanos en Aqualondë y Helcarexë ni de su fútil deceso. Del trágico Túrin solo se nos dice su nombre, dejando el peso de las palabras de Elrond a Frodo al situarlo al lado de los amigos de los Elfos sin su valor merecido.

La razón por la que conocemos todos esos relatos es gracias a Christopher, que se dio a la tarea de investigar, enumerar y ordenar los escritos desperdigados de su padre y convertirlos en algo que fuera publicable. 4 años después de la muerte de Tolkien, lo logró con la publicación de The Silmarillion. Una labor que el mismo Christopher llega a cuestionar, escribiendo en 1983:

“Pero al ser publicado de manera póstuma casi un cuarto de siglo después, la cuestión de la Tierra Media se presentó invirtiendo el orden natural; y es por cierto discutible que fuera atinado publicar en 1977 una versión del «legendarium» primordial como obra aislada que, por decirlo así, se justificara a sí misma. La obra publicada no tiene «marco de referencia», no se sugiere en ella qué es ni cómo llegó a ser (dentro del mundo imaginado). Pienso ahora que esto ha sido un error.”

Como posiblemente saben, Tolkien nunca terminó The Silmarillion, y en sus últimas décadas de vida, cuando regresó a modificar los textos, rara vez fue más allá de la historia de Túrin. Esto ocasionó problemas de incompatibilidad en lo que se intentaba publicar. Contrario a algunas opiniones que he escuchado a lo largo de los años, Christopher no escribió The Silmarillion, su papel fue meramente de editor, y agonizaba sobre las decisiones que tenía que tomar que excedieran ese mandato, con el caso particular y único de la Ruina de Doriath y la caída de Thingol:

“Esta historia no fue concebida a la ligera ni fácilmente, sino que fue el resultado de una larga experimentación entre concepciones alternas. En este trabajo Guy Kay fue importante, y el capítulo que finalmente escribí le debe mucho a mis discusiones con él. Es, y era, obvio que se estaba tomando un paso de una magnitud diferente a cualquier otra “manipulación” del trabajo de mi padre en el curso de la construcción de este libro: incluso en el caso de la historia  Caída de Gondolin, a la que mi padre nunca regresó, algo se podía realizar sin introducir cambios radicales a la narrativa. Parecía en ese entonces que había elementos inherentes a la historia de la Ruina de Doriath como se mantenía que eran radicalmente incompatibles con The Silmarillion como se estaba proyectando, y que existía una decisión inescapable: se tendría que abandonar esa concepción, o alterar la historia. Ahora pienso que era un punto de vista erróneo, y que las indudables dificultades podrían, y debían, haber sido superadas sin excederse tanto de los límites de la función editorial.”

– The History of Middle-Earth v11: The War of the Jewels

El Silmarillion publicado es lo que es. El que se haya convertido en un clásico de la literatura habla del trabajo loable que hizo Christopher, con sus desaciertos y virtudes. Pudo haber terminado ahí, pero la deuda y el amor que sentía por su padre lo hizo ir más mucho más allá, primero en Unfinished Tales of Númenor and Middle-Earth, y después hasta publicar los doce volúmenes que forman The History of Middle-Earth.

Decir que The History of Middle-Earth es un tesoro de valor incalculable para todos los que amamos la obra de Tolkien sería una subestimación deleznable. Seguramente saben que Gimli con humildad a Galadriel le pidió uno de sus cabellos, donde se decía que residía la luz de los dos Arboles de Valinor, y ella con gracia tres le concedió. ¿Sabían que Fëanor tres veces también se lo pidió, y Galadriel las tres se negó? Hablando de Galadriel, en la versión publicada no se nos dice cómo actuó mientras Fëanor vilmente asesinaba a los elfos en Aqualondë. En otros escritos, sabemos que ella participó activamente en contra de Fëanor, como era de esperarse de la Dama de Lorien.

También podemos encontrar cómo una vez el gran rey Felagund tuvo una profunda discusión teológica con una anciana mortal, a quien el rey con compasión le perdonó su amargura y altanería porque sabía que estaba enamorada de su hermano. Y aunque las palabras son similares, en poema el encuentro de Beren con el rey Thingol estas cobran una dimensión épica y deslumbrante:

“O baseborn mortal, who hast learned

in Morgoth’s realm to spy and lurk

like Orcs that do his evil work! ’

‘Death!’ echoed Dairon fierce and low,

but Lúthien trembling gasped in woe.

‘And death,’ said Thingol, ‘thou shouldst taste,

had I not sworn an oath in haste

that blade nor chain thy flesh should mar.

Yet captive bound by never a bar,

unchained, unfettered, shalt thou be

in lightless labyrinth endlessly

that coils about my halls profound

by magic bewildered and enwound;

there wandering in hopelessness

thou shalt learn the power of Elfinesse!’

‘That may not be!’ Lo! Beren spake,

and through the king’s words coldly brake.

‘What are thy mazes but a chain

wherein the captive blind is slain?

Twist not thy oaths, O elvish king,

like faithless Morgoth! By this ring —

the token of a lasting bond

that Felagund of Nargothrond

once swore in love to Barahir,

who sheltered him with shield and spear

and saved him from pursuing foe

on Northern battlefields long ago —

death thou canst give unearned to me,

but names I will not take from thee

of baseborn, spy, or Morgoth’s thrall!

Are these the ways of Thingol’s Hall?”

La amistad que tenía Tolkien con C.S. Lewis era legendaria, y podemos encontrar que Lewis hizo una “critica” de esos poemas y cantos como si fueran piezas de historia verdadera de un desconocido autor milenario. De una apuesta con él surgió The Lost Road, un intento de Tolkien de escribir ciencia ficción, y después, The Notion Club Papers, en el cual podemos leemos lo que es una crítica – afectuosa, sin duda – a Lewis y otros autores de ciencia ficción por usar elementos narrativos que Tolkien encontraba deficientes. Todo eso, claro, acabó siendo el trasfondo para la Segunda Edad del Legendarium.

Todas estas maravillas y joyas hubieran quedado perdidas de no ser por el ahínco con el que Christopher se volcó a los escritos de su padre. Escritos que resultaron muy desafiantes por la manera en la que el profesor trabajaba. Se podían encontrar escritos en perfecto estado, algunos con una bella y sobresaliente caligrafía. Pero muchos otros eran indescifrables; garabatos ilegibles sin fecha o textos mecanografiados con múltiples correcciones y añadiduras.

Es por todo esto que encuentro molestas las críticas que en ocasión me encuentro hacia Christopher. Dichas críticas son, en el mejor de los casos, ignorantes, y en ocasiones detestables. He visto que se tacha a Christopher de una especie de mercenario, dedicado a lucrar con el trabajo de su padre o peor aún: que inventa escritos de Tolkien encontrados “milagrosamente” al reverso de una proverbial “servilleta”.

Primero que nada, el acusar a Christopher de lucrar con el trabajo de su padre es una reverenda estupidez. The Hobbit y The Lord of the Rings han vendido juntos aproximadamente 250 millones de copias, lo que hace a Tolkien uno de los escritores más vendidos con tan solo esos dos libros. Christopher no necesita hacer nada para recibir dinero del trabajo de su padre. La reciente publicación de The Fall of Gondolin lo colocó en la lista de los más vendidos, sí, pero sus ventas ni siquiera pueden sobrepasar los dos primeros libros de Harry Potter en Amazon, y en un par de meses los dos libros del profesor volverán a superarlo en ventas, como pasó con todos los demás. De los libros de The History of Middle-Earth ni hablar. Dudo que todos sus volúmenes, en todos los idiomas, hayan siquiera sobrepasado el millón de ejemplares vendidos. Si Christopher Tolkien hace esto, no lo hace por dinero.

Si realmente hubiera sido el mercenario que acusan, hay una manera mucho más fácil de hacer dinero con la obra de Tolkien: sus licencias. Como Albacea Literario, pudo haber vendido los derechos de toda la obra al mejor postor, y ya tendríamos todo un Universo Expandido de Tolkien en el cine y la televisión. Un director mediocre como Zack Snyder ya estaría preparando su oscura y “madura” película sobre Eöl o alguna tontería así. (The Fall of Gondolin, by Michael Bay BOOM). Hay que recordar que el trato con Amazon, valuado en cientos de millones de dólares y que solo involucra derechos previamente negociados, ocurrió hasta después que Christopher dejó de ser el director del Tolkien Estate.

La idea de que Christopher inventaba escritos y los hace pasar por letra de su padre ni siquiera merece ser contestada.

En el otro lado del espectro, tenemos a los que lo critican por no haber vendido el trabajo de su padre lo suficiente, y por continuar su negación a vender los derechos de las demás obras de Tolkien. Esto es de esperarse; en una entrevista con Le Monde, Christopher habló sin reservas sobre su opinión de las películas:

“Tolkien se ha convertido en un monstruo, devorado por su propia popularidad y absorbido por el absurdo de nuestro tiempo. El abismo entre la belleza y la seriedad del trabajo y en lo que se ha convertido me abruma. La comercialización ha reducido el impacto estético y filosófico de la creación a nada. Sólo hay una solución para mí: voltear la cabeza hacia otro lado.”

Cabe aclarar que aquí está hablando de la multipremiada trilogía de The Lord of the Rings, no de la adaptación de The Hobbit – una opinión que sin duda su padre hubiera compartido.

Dada la importancia que ha tenido el Legendarium durante literalmente toda su vida, es de esperar que se rehúse a la idea de que este sea explotada de una manera que a su ver tergiversa la palabra de su padre – por más importante que las historia de Tierra Media sean para nosotros, nunca se podrá comparar a la importancia que tienen para Christopher.

Por todas las maravillas y tesoros que se hubieran perdido irremediablemente el olvido de no ser por su labor, todos los fans de Tolkien le debemos una deuda a Christopher incalculable e imposible de pagar.

Que la luz de los Árboles lo iluminen donde quiera que esté