Sir, I have seen you go through similar phases in 2016 and 2012 and 2008 and 2005 and 1997 and 1995 and 1992 and 1989 and that weird one in 1966.

Existe entre los fans de los cómics, y de Batman en particular, la exaltación de un Ur-Text, un texto supremo que es el que existe por encima de todas las interpretaciones de Batman. Ya sean Denny O’Neil en los 70’s, Frank Miller y Tim Burton en los 80’s o Christopher Nolan en el siglo 21, este Ur-Text es invocado siempre como un “regreso a lo básico”; un retorno al Batman “psicológicamente atormentado” que es “oscuro y realista”, ya que a lo largo de sus casi 80 años de historia el personaje siempre ha estado en una contraposición binaria entre esa interpretación y aquella que se atreve a divertirse un poco con Batman. El productor ya académico  Michael Uslan  durante diez años laboró en la industria del cine para llevar a la pantalla una visión que erradicara del inconsciente colectivo la figura de Adam West en mallas, a pesar de que fue esa versión la que lo convirtió en fan del personaje. Dicha búsqueda del Verdadero Batman, el Batman Oscuro, es tal que la visión de Christopher Nolan, bastante oscura en sí, pero a su vez también humana y compasiva, tuvo que ser suplantada por una versión pueril y juvenil; desprovista de caracterización más allá de lo que el espectador lleve a la sala.
 La reducción es palpable en la visualización que los fans tienen del personaje: a diferencia de Superman o Spider-Man, Batman no habita un mundo colorido, y cualquiera que se atreva a salirse de ese paradigma es perseguido por los Grandes Inquisidores; los más grandes villanos de Batman no son Joker o Bane, sino Adam West y Joel Schumacher y los más grandes héroes son Tim Burton y Zack Snyder. No importa la calidad de la obra – importa qué tan GRIM, DARK y GRIMDARK es ese Batman; todo lo que Batman es y puede ser se mide única y exclusivamente en sus niveles de esencial oscuridad.
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Esta lectura básicamente empobrece al personaje y le roba precisamente aquella característica que lo pone por encima por de todos aquellos personajes olvidos y obsoletos de los 40’s que fueron sus contemporáneos: su elasticidad. Batman no tiene una interpretación estática, es un personaje que existe en una fluida matriz de visiones las cuales han sido llevadas a la página o la pantalla por un sinnúmero de autores, cada uno con sus idiosincrasias e intereses, cada uno haciendo del personaje algo más fuerte, más vivo.
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Negarle eso a Batman, como hacen muchos fans, es quitarle su multiplicidad. Más aun, es negarle su madurez.
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Todo esto podría indicar que no existe ese Ur-Text del que hablo, y sin embargo, existe: el Ur-Text de Batman es aquel que sincretiza todo lo que es Batman. Es el que acepta la contradicción inherente en el personaje como un alma atormentada por la pérdida de su familia que se pone un disfraz de roedor volador para pelearse con coloridos villanos – el que va de la seriedad absoluta al sublime ridículo. En los cómics se ha intentado, en especial en la magnificencia que fue la serie de Grant Morrison escribiendo el título principal del murciélago durante años, pero en el cine, limitado por las imposiciones tonales inherentes del medio, no había podido darnos el Ur-Texto de Batman.
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Hasta The Lego Batman Movie.
 Conocimos a esta encarnación del personaje en The Lego Movie, la indescriptible obra maestra de Phil Lord y Chris Miller que desafiaba su convencionalidad como una historia basada en un juguete y nos acabó hablando de la imaginación y la narrativa como pocas películas lo han hecho. Su Batman era petulante, engreído, envuelto en su propia narrativa de vengador oscuro atormentado, pero indudablemente carismático y simpático gracias no en menor medida al vivaz talento de Will Arnett – en muchos aspectos, una cálida parodia al Batman que se considera el “Correcto”.
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Ese es el Batman que vemos que vemos al inicio de The Lego Batman Movie. Es el Batman de Frank Miller, el que se vanagloria de estar solo y de no necesitar a nadie, el que niega incluso que Alfred es, para todos intentos y propósitos, su padre adoptivo. Vaya, este Batman no requiere ni siquiera del Joker, su peor enemigo. No hay un Batman más básico que ese.
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Pero todo Batman necesita un Robin. Robin es un personaje que también es menospreciado porque, en esencia, representa la “edulcoración” de Batman. Robin lo creó Bill Finger porque, a su parecer, Batman necesitaba su Watson; alguien a quién darle exposición sobre la trama en curso, y a lo largo de las décadas su posición estructural en el mito de Batman se ha malentendido. Incluso estudiosos del cómic han enfatizado el detrimento al mito porque lo ven como un fallido intento de substituto de la audiencia; no, casi ningún niño quiere ser Robin, todos quieren ser Batman, pero ese no es su propósito: el propósito de Robin es hacer a Batman mejor.
 Robin tiene dos razones de existencia: la primera es que representa el deseo inherente de Batman de crear una familia sustituta, la cual, por cierto, es la fuerza motora principal dentro de la genuinamente bien realizada historia de Lego Batman; y la segunda: representa una importante toma de responsabilidad por parte del personaje. De acuerdo, podemos insertar todo el análisis del mundo real sobre cómo el vestir a un niño de colores brillantes y ponerlo a luchar contra el crimen es lo opuesto a la responsabilidad, pero tomando la alegoría como tal, es Batman asumiendo las responsabilidades de la paternidad. Obviando las extravagancias del concepto, sin Robin, Batman es una pura fantasía adolescente: tiene todo el tiempo y el dinero del mundo para hacer lo que quiere, sin ningún tipo de consideraciones.
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Así como un Batman sin Robin es una versión menor del personaje, también tiene que existir un Joker, y la película muestra la relaciones entre ellos de la manera más subversivamente homorerótica que he visto hasta ahora. Y digo “subversiva” en lugar de “evidente” porque gracias a la manera tan evidente en la que se muestra el resultado es, irónicamente, oscurecido.
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Esos dos personajes, Robin y Joker, funcionan como eje de la historia en lo que respecta a Batman, porque la película jamás olvida lo que es un componente fundamental y esencial de cualquier historia: el personaje principal tiene que ser accesible con emociones inmediatamente reconocibles. Es algo tan básico pero que por alguna razón todas las películas recientes de acción viva de DC han olvidado por completo. No importa que el personaje principal vista un atuendo ridículo, o que sea un juguete, si no tiene agencia, si no toma decisiones entendibles y si para la audiencia resulta apenas un enigma indescifrable cuya caracterización se reduce a andar posando como idiota, todo lo demás resulta inútil. Y ese es el gran acierto de The Lego Batman Movie: Batman es un personaje que a lo largo de la trama experimenta crecimiento y evolución.
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Ahora, después de pasar estos párrafos exaltando la manera en la que la película demuestra un hábil conocimiento y desarrollo de su personaje y su historia – i.e. la substancia – la forma es igualmente digna de reconocimiento, ya que solo se puede describir como alegría pura y sin diluir.
 Parte del Sincretismo de Batman no radica enteramente en el trasfondo de su interpretación, sino en la literal asimilación de todas las versiones del personaje que han existido en estas casi ocho décadas (ha envejecido fenomenalmente) y este es un Lego Batman que ha sido todos los Batman de la pantalla (incluido Lewis Wilson, del primer serial). La cinta es un constante torrente de referencias cinematográficas que van desde la vez que el Joker hizo “eso con los dos barcos” y “el desfile con canciones de Prince” hasta lo que debería de ser un reemplazo permanente de la Pistola de Chekhov por el Bati-Repelente de Tiburones (“Si muestras un Bati-Repelente de Tiburones en el Primer Acto, tienes que repeler a un tiburón en el Tercero”)
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En ocasiones digo que juzgo cualquier adaptación de Batman respecto a su Alfred, y el Lego Alfred es posiblemente el mejor Alfred de la historia. No es solo que la cinta le da su papel como el padre sustituto de Bruce, sino que le da no uno, sino dos disfraces y lo pone a pelear por la justicia y la verdad al lado de su hijo adoptivo de la manera en la que solo ese hipercalificado mayordomo lo puede hacer.
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Aunque si bien la trama resulta bastante estándar (en lo que los críticos más reacios pueden considerar una “traición” a su predecesora) se encuentra tan bien construida que encuentro difícil quejarme de ella, además de que a pesar de que es solo un elemento de ella – y no su entero propósito – logra hacer que sea más creíble la creación de un equipo de supervillanos del lado del bien que la película que supuestamente tenia eso como su raison d’etre.
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Además de que jamás podría criticar una trama que enfrente a Batman con Sauron. Justo cuando pensaba que ninguna película de superhéroes me podía causar verdadera emoción.
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A lo largo de este escrito asumí dos cosas como ciertas: la primera es que Batman es un personaje que tiene verdadero valor, y la segunda, es que ese valor se puede apreciar a lo largo de nuestras vidas como fan, desde que somos niños y vimos a Adam West y su BIFF, ZAP y POW, hasta que crecemos y lo rechazamos porque preferimos la “profundidad” de Tim Burton o Zack Snyder. Les pido considerar una tercera: que existe una verdadera versión madura de Batman. Una versión que solo podemos aceptar cuando somos lo suficientemente adultos para considerar todas las facetas de la vida que incluyen la seriedad y el absurdo. Una versión que incluye todas las distintas visiones del personaje, que contiene frenética acción exuberante y humor desbordado, pero que lo que realmente la ancla es un miedo completamente adulto y racional de formar una familia, especialmente si ya se había perdido una anteriormente. Postulemos que existe este Batman Platónico.
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Ahora consideramos una cuarta: que está hecho de Legos.
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–Héctor 

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